Mudanzas

Las ciudades mutan. Mudas o ruidosas.

Las ciudades -tus ciudades- deciden mudar su paisanaje urbano y humano cuando bajas la guardia. Cuando la inercia de tu pasión por ellas termina por robarte la atención con la que la que las solías observar al desnudarlas por primera vez. Cuando las abandonas durante unos días porque necesitas serles infiel para volver a amarlas sin condiciones ni rodeos forzados en el callejero. Necesitas volver a respirarlas, balancear tu mirada de un alféizar a una azotea, imaginar historias que nunca serán la tuya detrás de cada ventana entreabierta. Me confieso voyeur.

Las ciudades -tu ciudad- hieren, traicionan. Mudan su paisaje urbano con la caprichosa complicidad de algún burocráta y, de repente, esa esquina que siempre fue tuya simplemente no existe. Ya no existe. Ni la pequeña casa encalada -destartalada, descontextualizada-. Ni la sólida y anacrónica puerta de madera verde, ni las arrugadas miradas de quienes durante dos décadas te atrajeron como un imán cada vez que se cruzaron con la tuya. A veces era la de ella, a veces la de él… Las suyas, viendo la ciudad crecer. En silencio y desde aquella puerta, sintiendo que su ciudad se desdibujaba para disfrazarse en otra que finalmente les ha sentenciado. La tuya, entretenida en descubrir nuevos y ruidosos escenarios. Entretenida en descubrirte.

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Las ciudades -tu ciudad- deciden mudar su paisaje humano con un leve chasquido. Sístole, diástole, sístole, diástole… Bombean vida a su banda sonora callejera y se la arrebatan. Regalan voces flamencas, rasgadas, castigadas, familiares. El eco de una caja, el compás de una lata. Bombean vida y la silencian. Sin más.

Las ciudades mutan. Te enmudecen. Te ensordecen.

FOTOGRAFÍA DE GONZÁLEZ ALBA. Pared en blanco y ocre rojizo. Puerta del Osario, Sevilla

Convalecencia

Observando la transformación de las nubes.

Adivinando la trayectoria del vuelo de alguna gaviota, descolgando reflexiones entre los oxidados hierros de las antenas, suspirando descompasadamente al ritmo de la sirena de un barco, parpadeando con cada eco de vida exterior.

La convalecencia en horizontal encierra los mismos tiempos que la narrativa oriental. La calma, el silencio, la paciencia buscada, la victoria del sopor -tu entrega sin negociación-, las palabras escritas por otros… Una mosca que te inquieta con su ininteligible zumbido. Dos muletas que te interrogan en silencio.

Cuando sobran las (pateadas) palabras. Océanos de silencio.

Descartadas

Pateadas

Así dicen sentirse y así me han obligado a escribirlo, con la tajante amenaza de abandonarme sin fecha de retorno.

Hace unos días, un murmullo prebélico -cual mosca cojonera- interrumpió mi inestable romance con Morfeo. Abierto un ojo -el otro se empeña en ir por libre desde que el oculista lo ofendiera con su vago diagnóstico- observé atónita la rebelión que empezaba a gestarse a los pies de mi cama. Las conjunciones apostaban por una huelga a la japonesa, los prefijos por crear el caos lingüístico e intercambiar papeles con los impuntuales sufijos mientras los verbos regulares e irregulares acallaban a la furibunda masa de sustantivos y adjetivos que reclamaban en bandeja de plata las lenguas de sus maltratadores. Y yo, paradójicamente, sin palabras.

words

Palabras mercantilizadas, rentabilizadas como vehículo de comunicación de quienes las desnudan y exprimen, de quienes las vampirizan.

Palabras sin mimo, ignoradas por quienes no las leen, por quienes no las miran de tú a tú. Por quienes no las sienten.

Palabras enmohecidas por el olvido y la urgencia de la economía (verbal). Travestidas, desterradas, mutiladas, falseadas, diseccionadas, destripadas, minimizadas, colgadas, interrumpidas… Ocultadas por demagogos peleados con la realidad.

Palabras cansadas de servir como pretexto.

Ellas

Me bullen satisfacciones en el corazón.

Las persigo (para colgarlas entre la ropa interior y jugar con ellas a la gallina ciega, para colarlas en tu almohada y emborracharlas con tu sudor. Para rendirme ante lo extraordinario y alejarlas de lo insustancial del hábito).

Me bullen satisfacciones en el corazón.

Foto de Baptiste Pons

Foto de Baptiste Pons

Sin interferencias de neón ni cariños mal frecuenciados,
sin maquinales bostezos, sin necesidad de ficciones y artificios, sin necesidad de memorizar lo que siento,
con urgente complicidad,
con inagotable pasión (el ansia de quien cree, de quien crea),
con consciente inocencia.
Sobre la línea de tus ojos.

Las retengo (para atarlas a uno de tus susurros, acostarlas cada noche con la vida).

Ezer egin, ezer esan, ezer asmatzekorik ez…

Y nada que hacer, nada que decir, nada por inventar…

Ezer egin, ezer esan, ezer asmatzekorik ez… Y

Esta ronquera no puede traer nada nuevo, me diagnosticaron en el Más Acá

 


Esta ronquera no puede traer nada nuevo, me

Tipología sentimental

Canciones magdalena, canciones escopeta, canciones tatuaje, canciones viento, canciones almohada, canciones zotal…

Canciones que mecen, canciones que desesperan, canciones que liberan, canciones que desarman…

Canciones que mueren. Canciones que te rinden.

Mejor bailar

Hincha los pulmones, el corazón la avisa de que sigue ahí –aún no ha hecho la maleta- y exhala el aire que ha sido capaz de retener, el que le presta ese instante. Suspira.

Hincha los pulmones, cierra los ojos y el corazón empieza a hablarle. Lo escucha como a un diapasón. Sus susurros acompasados la encogen, pero hincha de nuevo los pulmones. Esta vez con la disciplina recién aprendida, consciente de que tras ese fuelle hay ritmo, hay una historia. Una de esas historias llama.

Suspira y desliza el primer pie. Despacio, muy despacito. Inclina ligeramente el tronco -siempre rígido, siempre a la espera de una señal que le permita arrebatarse- y con él, el otro pie. Mira dentro de sí y vuelve a deslizarse. Primero hacia adelante, siempre con los ojos cerrados. Después hacia detrás, abandonándose. No hay guía, sólo ese diapasón que conversa con ella. Hacia un lado, hacia otro. Se cimbrea y gira. Y gira.

Gira, gira, gira… Gira hasta que esa llama le quema la boca del estómago y la detiene, en seco. Se yergue. Vuelve a deslizarse. Lento, tan lento que siente cómo el suelo la acaricia. Cómo el aire la acaricia y le cuenta en un susurro sobre historias llama. Sobre esas historias que se acobardan, que crecen, que restallan, que bailan.

Comunicando

Querido Richard, hoy se me ha girao el eje corporal.

Por tres veces consecutivas han negado tu existencia y yo, que te creía patrimonio del colectivo universal, intentando que no se me desencajara la mandíbula mientras contraía disciplinadamente el suelo pélvico, mientras conectaba con el transverso del abdomen. No resoplar, no resoplar… Pierna arriba y pierna abajo, te han negado sin esperar a que cantase el gallo. Y yo, consciente de que mi jodía mansión del poder se estaba empezando a desmoronar por culpa del abismo generacional, me he descubierto -con espanto- haciendo didáctica de tu rubia melena, tu ladeo de cabeza y tu lacio rictus. Aferrada al colmo de mi pasión ochentera he perdido la línea telefónica con el suelo pélvico, los oblicuos mayor y menor y el sursuncorda.

Comunicado oficial, hoy me he tropezado con la contundencia de saberme una cuarentona en toda regla. En mallas y en horizontal, esta noticia es toda una traición.

 

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