Esta ronquera no puede traer nada nuevo, me diagnosticaron en el Más Acá
Hincha los pulmones, cierra los ojos y el corazón empieza a hablarle. Lo escucha como a un diapasón. Sus susurros acompasados la encogen, pero hincha de nuevo los pulmones. Esta vez con la disciplina recién aprendida, consciente de que tras ese fuelle hay ritmo, hay una historia. Una de esas historias llama.
Suspira y desliza el primer pie. Despacio, muy despacito. Inclina ligeramente el tronco -siempre rígido, siempre a la espera de una señal que le permita arrebatarse- y con él, el otro pie. Mira dentro de sí y vuelve a deslizarse. Primero hacia adelante, siempre con los ojos cerrados. Después hacia detrás, abandonándose. No hay guía, sólo ese diapasón que conversa con ella. Hacia un lado, hacia otro. Se cimbrea y gira. Y gira.
Gira, gira, gira… Gira hasta que esa llama le quema la boca del estómago y la detiene, en seco. Se yergue. Vuelve a deslizarse. Lento, tan lento que siente cómo el suelo la acaricia. Cómo el aire la acaricia y le cuenta en un susurro sobre historias llama. Sobre esas historias que se acobardan, que crecen, que restallan, que bailan.
Por tres veces consecutivas han negado tu existencia y yo, que te creía patrimonio del colectivo universal, intentando que no se me desencajara la mandíbula mientras contraía disciplinadamente el suelo pélvico, mientras conectaba con el transverso del abdomen. No resoplar, no resoplar… Pierna arriba y pierna abajo, te han negado sin esperar a que cantase el gallo. Y yo, consciente de que mi jodía mansión del poder se estaba empezando a desmoronar por culpa del abismo generacional, me he descubierto -con espanto- haciendo didáctica de tu rubia melena, tu ladeo de cabeza y tu lacio rictus. Aferrada al colmo de mi pasión ochentera he perdido la línea telefónica con el suelo pélvico, los oblicuos mayor y menor y el sursuncorda.
Comunicado oficial, hoy me he tropezado con la contundencia de saberme una cuarentona en toda regla. En mallas y en horizontal, esta noticia es toda una traición.
De niña, me debatía entre venerar las afeminadas caderas de Bosé, la ondulada melena de la tercera de Los Ángeles de Charlie y el cuerpo serrano del monito de Starsky (siempre me entonaron los macarras). De adolescente, me pegaba con una vecina en unos almacenes de pueblo por conseguir la última camiseta de un muerto viviente llamado Michael (espero que Elvis no lo haya sentado a su izquierda). Los jirones fosforitos, alabada sea la Cibeles Fashion Week de Madrid, han pasado de moda, los cuerpos esqueléticos no. Y aun así (contra el viento y la marea desatadas bajo su misteriosa falda, en paralelo a esas curvas sin señalizar por la DGT), varias décadas después de su puñetera muerte, sigue siendo el prototipo universal de la mujer cañón. Ni tan tonta, ni tan rubia, ni tan chillona, ni tan mala actriz como predican los miopes (ella también era encantadoramente imperfecta)… Tonta, rubia de bote, chillona, mala actriz.. ¿Qué más da? Mamá, retrocede a tus inocentes 14 años, a tu 1962, y (aunque tú atravieses una crisis de fe y yo no la cultivara nunca) reza un segundo rosario por Marilyn. Yo le guiñaré mi ojo más miope frente al espejo.
*Publicado en El Día Valladolid (2000)
Su fino olfato y el deseo de no faltar al ritual adulto la liberaban de su encierro voluntario en una habitación compartida con un hermano (el segundo no tardaría llegar, quién sabe si por influencia de San Juan o si por el ímpetu de un papá con el mismo nombre). Una habitación en la que gastaba las horas vagando por las ilustraciones de María Pascual, descifrando un antiguo zodiaco enmarcado, jugando a medias con luces y sombras.
A los tres segundos, la pequeña ya se había parapetado tras los barrotes del balcón. Y agarrada a ellos, con las piernas fuera para dejarse acariciar por la brisa del Atlántico, observaba cómo sus vecinos (pescadores, taxistas, terratenientes…) avivaban la hoguera más grande que hubiera visto. Más grande siempre que la del año anterior. Y cerraba los ojos para sentir el calor en las mejillas, escuchar el crepitar de la madera arrebatada a alguna vieja barca, los susurros de las viejas del pueblo, que cantaban a lo bueno y maldecían a lo malo. Y ya abiertos, miraba a las estrellas y elegía las cinco más grandes. Una por cada año que le faltaba para poder saltar sobre la hoguera y cantar a lo bueno. Maldecir a lo malo.

«Las cosas empiezan a cambiar en 1931. Se notan aires de democracia en todo el país», así arranca el sexto capítulo de Memorias de una concejala socialista en la Asturias del 36 y así nació la trayectoria política de su autora, Concepción Pérez Fontano. Afincada en Valladolid desde 1966, la nonagenaria desgrana aún para quien quiera escucharla las sensaciones vividas en aquella primavera de 1936, «tan bella y tan corta», que dejaría paso «a un verano feo y triste, deformado y contrahecho bajo la amenaza del fascismo».
Enfermera en el hospital que se improvisa en la Guerra Civil en Pola de Lena (a la que se mudó de niña desde su Santa Lucía de Gordón natal), la joven Conchita (diminutivo que la ha acompañado durante toda su vida) sería llamada unos meses después a convertirse en la primera concejala de Asturias como compromisaria de las Juventudes Socialistas Unificadas. «Íbamos cada 15 días al puerto de Gijón a recoger la ropa, comida o medicamentos que nos mandaban desde los países nórdicos y que repartíamos entre los combatientes y el pueblo», aclara la entonces delegada de Asistencia Social. Actividad que determinaría su sentencia a 30 años por auxilio a la rebelión y que la llevaría con apenas 21 a peregrinar por varios penales hasta ser trasladada al guipuzcoano de Santurrarán.
En la cárcel. En el fallo del consejo de guerra por el que fue juzgada el 6 de mayo del 38 junto a otras 14 personas, la literatura (en forma de falsas acusaciones) y la realidad se dan la mano. «El papeleo ya venía hecho a medida por los denunciantes y los caciques», explica, mientras recuerda con una sonrisa que se salvó de ser paseada porque su hermana, «se había casado con el millonario del Concejo y tenía cierta influencia sobre los falangistas».
De los casi seis años de cautiverio (en 1943 le conmutan la pena), Conchita conserva no sólo encuentros con el hambre, los piojos o la muerte: «Cuántas personas veíamos desaparecer de la noche a la mañana sobre las que no podíamos preguntar nada». Atesora además poemas o rostros amigos como el de Pilar Unamuno, «teníamos el petate una al lado de la otra». «Fue tanta la gente que conocí en aquellos años» y deja la frase en suspenso para volver a agarrarse a ese sentido del humor que siempre la socorrió. «¡Uy! Lo que bordé allí para las monjas… Juegos de cama o manteles que ellas cobraban bien y por los que a nosotras nos daban un café con leche por siete horas de trabajo», añade a la conversación quien jamás practicó el odio, quien ya en Brañuelas conociera al ex capitán republicano Carlos Nogueira Gordaliza…
Pero esa es otra historia, una historia en una democracia con la que nunca dejó de soñar la madre de la socialista Julia Merino, de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Una de esas mujeres anónimas que la guerra avejentó, silenció, condenó a la nostalgia por el compañero fusilado. «Siempre decía que la República había sido un proyecto político estupendo de libertad y democracia que duró demasiado poco», se apena Merino sin evitar que la garganta se le anude según van apareciendo los recuerdos de una infancia entristecida por la miseria y la ausencia del padre, trasladado a las cocheras de los tranvías. Aquel cuya trágica muerte tuvo que ser disfrazada de pulmonía ante los ojos de otros, y durante años, por miedo a ser señalados.
«Mi padre era secretario en la Casa del Pueblo de Rioseco, un pueblo que fue muy castigado, y un 19 de julio le sacaron en una camioneta que iba bien repleta. Y un 25 de noviembre, el carcelero le dijo a mi madre que la noche anterior le habían dado la libertad. Vaya, que le habían fusilado. Por lo que sabemos en la zona de Torozos, donde aún sigue, enterrado en una cuneta», expone y habla de la abuela Margarita, encarcelada «por no querer decir dónde estaba su hijo de 18 años. Una mujer con temple que en las elecciones había repartido propaganda socialista».
Y habla del tío alguacil al que fusilaron por prevenir a su primo Fernando de que estaba en la lista negra. De ese tío Fernando, al que «torturaron por participar en la huelga general que había paralizado el pueblo», que terminaría por irse «a Asturias a hacer el maquis» y que haría las veces de padre en los siete años que «pasó de topo» en la casa de Las Delicias. «Cuando mataron a mi padre, mi madre cayó enferma, no comía, no dormía…», se lamenta, y la rabia nunca ataca a sus palabras. «El silencio dominó nuestras vidas, todo era callar. Entre los adultos sí hablaban, pero jamás delante de nosotros, que poco a poco fuimos descubriendo la verdad», apostilla Merino, quien esta tarde homenajeará a la mujer que «nunca pensó que volvería a votar en libertad».
Volcada en recuperar la memoria de los familiares de los paseados en la provincia, Merino insiste en la necesidad de hacer justicia para «aquellas viudas que sufrieron tanto y tuvieron tan pocos reconocimientos, que en algunos casos tuvieron que casarse con hombres del régimen para sacar adelante a sus hijos, que servir en casa de los verdugos». Por ellas, por Julia Rodríguez, va el homenaje.
NOTA: Este reportaje fue publicado en mi etapa de periodista en El Día de Valladolid el 14 de abril de 2009. Concepción Pérez Fontano, una de sus protagonistas, tiene hoy 97 años. Sigue siendo nuestra memoria. La imagen que acompaña a este post es del mural del leonés Manuel Sierra La alegría de la República, atacado recientemente por los leones de las dos Españas.En realidad yo siempre quise ser como Liza. Pestañear haciendo expansivos arabescos sin miedo a perder una lentilla (y una costilla), marcar frases y territorio a golpe de cadera y sonreír a mandíbula batiente cual bereber cabaretera. Ronronear irónicamente aquello de “you have to understand the way I am, mein Herr. A tiger is a tiger, not a lamb, mein Herr. You’ll never turn the vinegar to jam, mein Herr. So I do, what I do. When I’m through, then I’m through. And I’m through, toodle oo”. En cambio, aquí me tenéis, TECLEANDO SIN RAGTIME NINGUNO.